lunes, 24 de enero de 2011

La cuestión simbólica andaluza


La cuestión simbólica, la que trata principalmente de una vexilología y una heráldica propias en la nación andaluza, ha sido escandalosamente ignorada -salvo dignas excepciones- por el movimiento independentista andaluz. Ha llegado el momento de plantear seriamente este tema en sociedad, con la coherencia y sensatez que caracteriza nuestra causa. Como pueblo tenemos derecho a decidir cómo representarnos a nosotros mismos y el lugar donde vivimos sin tener que usar los símbolos que nos impuso una conquista.
Los sucesivos gobiernos de España desde hace más de 500 años no han escatimado esfuerzos en despojar a los andaluces de su identidad, corrompiéndola y falsificándola. Para la historia oficial, Andalucia es un producto de España; ganada y reconquistada a unos “moros” a los que luego expulsó “para gloria de la cristiandad”. Fantasías y mentiras, basadas en una única realidad: la incorporación forzosa de los andaluces a un poder extranjero. Desde entonces, los símbolos del conquistador son los únicos válidos, como únicamente válidos han sido su gobierno, su lengua y su religión.
Por mucha que sea la presión ejercida por el colonizador, Andalucia tiene historia e identidad, tanta como las naciones que la rodean, y pese a que los andaluces no siempre tienen constancia de ellas. Es por ello que reclamamos usar símbolos propios, no extranjeros; que nos representen, no que representen la desdicha de nuestro pueblo. Rechazar como propios los emblemas del conquistador es dar un paso más hacia nuestra soberanía.
El mismo padre de la patria nos dio un incomparable ejemplo en la elaboración de una bandera, un escudo y un himno para nuestra nación. Blas Infante buscaba así recuperar la dignidad de una Andalucia despojada de todo desde hace siglos. Nos mostró un camino a seguir, para que los andaluces llevásemos ahora ese esfuerzo de progreso más allá de donde lo dejó él: a nuestras comunidades.
Son muchas las localidades que tienen entre sus símbolos emblemas extranjeros, mientras que otras no los tienen, o su lectura es ambigua o neutral. Sería ideal que el proceso de búsqueda de una simbología propia pasase, primero, por buscar en nuestro pasado como pueblo libre, y segundo, que la población se prestase voluntariamente para un posterior concurso y elección.
Quizá este asunto no sea prioritario en el movimiento de liberación nacional, pero desde luego es algo que debemos abordar para un próximo cambio. Para construir nuestro presente y futuro, debemos tener en cuenta nuestro pasado, y esto, es lo que el Estado Español ha pretendido eliminar con sus sucesivas políticas coloniales en nuestro país. Para luchar en el presente y por el futuro, debemos de recuperar nuestra identidad como Pueblo, rechazar los símbolos impuestos, y luchar por la recuperación de nuestra Memoria Histórica, rescatar algo imprescindible para nuestra liberación: nuestra conciencia, y como dice nuestro Himno Nacional: “volver a ser lo que fuimos”.

Asabiyyah, Comunidad Musulmana Andaluza y JIRA, la Juventud Independentista Revolucionaria Andaluza.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Asabiyyah, Comunidad Musulmana Andaluza, contra el Día de la Toma de Granada

Bismillahi rahmani rahim.
El 2 de enero vuelve a ser un año más, desde que el franquismo la restaurara, la celebración de la rendición y toma de la medina de Granada por los Reyes Católicos y sus huestes. Este evento ha derivado, con el tiempo, en un acto fetiche del neo-fascismo internacional. Degeneración que no es casual; la extrema derecha española lleva más de 500 años atentando contra los andaluces; son ya  más de 500 años de dominio extranjero; más de 500 años de sometimiento a una metrópoli colonial corrupta, criminal  y decadente. En la desgracia que vivieron nuestros antepasados con la pérdida de su libertad, España encuentra su razón de ser.
En 1491 los ejércitos comandados por los Reyes Católicos rodean la medina de Granada. Este asedio es el último acto de un conflicto mucho más antiguo que la guerra que enfrenta al reino de Granada con los reinos de Castilla y Aragón, es el episodio final de la conquista de al-Andalus por los poderes cristianos peninsulares. Tras largas discusiones, intrigas y tensiones, Bu Abdil-lah (Boabdil según las fuentes cristianas) decide ceder bajo condiciones la ciudad de Granada. La entrega de las llaves de la medina se hará el día 2 de enero de 1492, año nefasto que pasará a la historia por ser el inicio del expolio, la devastación y la ruina que harán los españoles en Abya Yala (las Américas), y que continuarán con más rigor -ahora derrotado el reino de Granada- en Andalucia, islas Canarias y el Magreb.
Se debe destacar que los Reyes Católicos, esos a quien la historia oficial ha caracterizado con atributos caballerescos más propios del legendario rey Arturo de Britania -y que muchos historiadores aun creen y perpetúan-, buscaban acabar con el último territorio musulmán libre de Andalucia, entre otros objetivos,  por puro miedo. Miedo a que los andaluces recibiesen el auxilio de la Ummah, y todo el esfuerzo de la conquista cafre de al-Andalus fracasase. Sus temores no eran infundados; rendida Constantinopla en 1453, el poder turco otomano avanzaba hacia el centro de Europa por los Balcanes y hacia el oeste por el Mediterráneo y el norte de Africa, sin una oposición eficaz que frenase sus conquistas. Granada suponía para el poder español un enclave que los turcos podrían usar y usarían, llegado el momento, en su avance por el poniente mediterráneo. Esta idea aterrorizaba a las cortes españolas y a la Iglesia. Pero por suerte o desgracia, tal cosa no llegó nunca a suceder.
En el reino de Granada los Reyes Católicos aplicarán sus métodos de colonización, heredados de sus ancestros, y delegarán como terratenientes y señores a sus jerarcas militares y religiosos implicados directa o indirectamente en la campaña granadina. Como ha ocurrido en el resto del territorio andalusí a lo largo de la conquista, la ocupación militar y la cristianización van de la mano. No tardarán los déspotas católicos en romper su palabra dada en las capitulaciones en cuanto a los términos de rendición, por los que la población no debía ser molestada en sus costumbres, habla o religión. Las semillas de odio y violencia que España ha sembrado en el desaparecido reino nazarí germinarán pronto, y sus frutos serán la justa insumisión por parte de sus habitantes. La paciencia de aquellos andaluces no era infinita, y en 1568 la situación ya es insostenible. La población toma las armas, con Muhammad ibn Umayya (Abén Humeya) como líder, en la que se conoce popularmente como "guerra de las Alpujarras" -por ser esta comarca el núcleo inicial de la rebelión-, siendo rey de España en aquel momento Felipe II, e inquisidor general Diego de Espinosa. Sólo podemos hacernos una idea del rencor que los andaluces guardan hacia sus opresores, y del desmesurado grado de abuso al que llegaron éstos. Tras los éxitos iniciales del levantamiento, las posibilidades de victoria empiezan a desvanecerse como un espejismo en 1570, muertos Ibn Umayya y su primo y sucesor Ibn Abbu (Abén Aboo). Cada derrota de los rebeldes andaluces ante las tropas españolas aleja la esperanza de libertad. Estos hombres -y mujeres- son los últimos muyahidin de al-Andalus, y cada muerto en combate, asesinado o huido, es una pérdida que no se puede reemplazar. En 1571 la guerra concluye. Los supervivientes que todavía se niegan a deponer las armas se refugian en las montañas o en los mares, para convertirse en monfíes o piratas. Para el resto de la población, solo hay sometimiento. De ello se van a encargar otra vez las malditas tropas de ocupación y la Inquisición. A los andaluces ya sólo les queda bautizarse y olvidar el din del Islam; aprender el castellano y olvidar el árabe andalusí; humillarse ante su nuevo poder o ser desterrado o ejecutado; para ellos no hay más opciones.
Todavía se sucederán algunas revueltas por el territorio andaluz, hasta bien entrado el siglo XVII, pero es a partir del siglo XVIII que el pueblo andaluz  inicia un declive hacia el olvido de su propia historia e identidad. Desde Madrid la política de asimilación dará excelentes resultados, ejemplo de ello es su mito del "miedo al moro", pues al no existir diferencias significativas entre habitantes del norte de la península y del sur, el conquistador trama las mentiras de una supuesta invasión árabe/bereber sobre la que justifica su intervención violenta en Andalucia -el término "morisco" sólo hace referencia a los musulmanes andaluces, no a los judíos sefardíes ni a los "cristianos nuevos"- y su ocupación.
Por supuesto que las instituciones que dicen representarnos -en este caso, el Ayuntamiento de Granada- perpetúan y toleran este tipo de actos. Estos organismos son el entorno habitual de renegados y vendepatrias, que harán lo que sea por complacer a sus amos de Madrid, sin escatimar esfuerzos en reprender a los andaluces cuando éstos exijan dignidad como pueblo. No se debe caer en el error de creer que las instituciones, sean del ámbito que sean, van a dejar de glorificar a los conquistadores de Andalucia, pues no existe un poder andaluz como tal, sólo existe un poder bastardo que sirve a la metrópoli colonial.
No podemos, ni queremos, cambiar ni ocultar aquella derrota, que ya forma parte de nuestra memoria -corromper la historia se le da mejor a nuestros enemigos-, pero lo que si vamos a cambiar, porque podemos, y queremos, son las formas en la que la desgracia que ha vivido nuestro pueblo se recuerda.
Ahora desde Granada, y desde el resto de Andalucia, nuestra nación despierta y todo recuerdo de su sometimiento empieza a agonizar. Como andaluces, en nuestras manos está hacer de aquellas derrotas, victorias de hoy.


lunes, 13 de diciembre de 2010

Nuestro Oriente Próximo


bismilá

Andalucía, al encontrarse geográficamente en  la puerta de Oriente con Occidente, se ha visto influenciada históricamente por sus dos formas de entender la vida. Al igual que todas las cosas, que se conforman tanto interior como exteriormente poseyendo una estructura y su cobertura, Andalucía, o mejor dicho, el genio andaluz (razón de ser de Andalucía) se compone por un interior (batin) y un exterior (zahir), y cada uno de estos aspectos se manifiestan en dos corrientes o formas de actuación que se pueden clasificar como: ‘oriental’ cuyo campo de actuación se centra en el sentimiento pasional ; y ‘occidental’, donde el pensamiento racional predomina. El genio andaluz, como dice Blas Infante, piensa y siente. Y ese es nuestro equilibrio. Aunque actualmente llevamos colgando del cuello el peso del yunque racionalista europeo.

Desde que Europa entró para aplastarnos el corazón, nuestro sentimiento se arrastra por el asfalto de la satánica industria euro-americana.  Se produce así un desequilibrio que se refleja en la monotonía inerte [normalidad democrática y/o pacifismo cementérico] de la sociedad andaluza, que, ‘gracias’ a la maquinización hasta las mismas entrañas de nuestra esencia llevada a cabo por la industria ‘España S.L.’, se nos impone vivir inmersos en un transcurso de secuencias informatizadas, con las que nos cuadricula y ridiculiza, yendo contra la naturaleza misma de nuestra forma de  ser.

Occidente desequilibra la balanza poniendo más peso en su lado. Nos condena a estar en una superficie, nos prohíbe adentrarnos en el sentimiento, y si nos lo permite es para convertirnos en su circo particular: payasos que entretienen a los ‘señoritos’, siempre acotando el contenido de las actuaciones para ajustarlas a su política. 

Occidente y su vara de medir: el tiempo y el capital; la producción y la cantidad: he aquí la enfermedad.

Desde que nacemos somos clasificados, identificados con un número, nuestra infancia se desarrolla amarrados en las escuelas, el tiempo transcurre con frialdad, haciéndonos inconscientes, enajenándonos, drogándonos, enseñándonos a actuar como sumisos robots de cadenas de producción.
Consecuencia de la condena estudiantil es el ‘trabajo’: lugar donde el sistema cambia nuestro tiempo por capital. Nos arremete con su martillo y nos exprime, utilizando la sangre como engrasante de su máquina (auto)destructora, para al final ‘jubilarnos’, desechándonos y pagándonos el precio de la prostitución durante nuestras ‘vidas laborales’.  Nos mata de aburrimiento y nos condena al suicidio. Nos asesina día a día con el transcurso asfixiante de las horas. Conviviendo con la amenaza de la muerte (recordada constantemente en los medios de alienación), nos obliga a vivir en una contrarreloj cuyo 0 está cada vez más próximo, haciéndonos creer que, paradójicamente, todavía somos jóvenes. Occidente nos reparte en porciones individuales, perfectamente envasadas y asépticas.

Descartes decía: ‘’pienso, luego existo’’…  axioma europeo-racionalista. De esta forma, nuestra existencia se basa en el pensar. Nosotros mismos nos bastamos, nos inventamos nuestras propias bases mutagénicas y en ellas fundamentamos nuestros actos. Conjeturas, especulaciones inorgánicas, estériles, nos convierten en rancios intelectuales que viven presos de sus teorías, reclusos en sus burbujas como monjas encarceladas en asilos aberrantes. Separándonos de nuestro entorno y de nuestra gente, de nuestra naturaleza y existencia. Mientras el interior, escondío tras el maquillaje, se encuentra  amordazado y atado en una esquina. Nos descubrimos desorientados, ennortaos, lanzando kehíos al aire y rebotando contra el faraónico muro español/europeo/americano/israelí/babilónico.

Alhamdulillah,  la pasión aflora en cada rincón, como las plantas que a pesar del asfalto consiguen salir  a la superficie para saludar al sol. Los aires flamencos nos agitan hasta encontrándonos enjaulados entre hierro y hormigón, electricidad y ferrocarriles.

Seamos conscientes de lo que somos. Cojamos las riendas de nuestro destino. Decidamos como pensar y sentir. Declarémonos profundamente anticartesianos y en contra de cualquier modelo de existencia impuesto.

Para ello, que mejor arma que la expresión sin que tenga que pasar por el filtro del Estado (experto en utilizar nuestras fuerzas para su provecho). La formación de comunidades, el estrechamiento en las relaciones, la organización. Por que solo así conseguiremos conocernos, sólo de esta forma no seremos reducidos tiempo y capital,  producción y cantidad.  

Fatima Azahara at Turdetaniyya
7 muharram 1432, Sevilla