viernes, 31 de diciembre de 2010

Asabiyyah, Comunidad Musulmana Andaluza, contra el Día de la Toma de Granada

Bismillahi rahmani rahim.
El 2 de enero vuelve a ser un año más, desde que el franquismo la restaurara, la celebración de la rendición y toma de la medina de Granada por los Reyes Católicos y sus huestes. Este evento ha derivado, con el tiempo, en un acto fetiche del neo-fascismo internacional. Degeneración que no es casual; la extrema derecha española lleva más de 500 años atentando contra los andaluces; son ya  más de 500 años de dominio extranjero; más de 500 años de sometimiento a una metrópoli colonial corrupta, criminal  y decadente. En la desgracia que vivieron nuestros antepasados con la pérdida de su libertad, España encuentra su razón de ser.
En 1491 los ejércitos comandados por los Reyes Católicos rodean la medina de Granada. Este asedio es el último acto de un conflicto mucho más antiguo que la guerra que enfrenta al reino de Granada con los reinos de Castilla y Aragón, es el episodio final de la conquista de al-Andalus por los poderes cristianos peninsulares. Tras largas discusiones, intrigas y tensiones, Bu Abdil-lah (Boabdil según las fuentes cristianas) decide ceder bajo condiciones la ciudad de Granada. La entrega de las llaves de la medina se hará el día 2 de enero de 1492, año nefasto que pasará a la historia por ser el inicio del expolio, la devastación y la ruina que harán los españoles en Abya Yala (las Américas), y que continuarán con más rigor -ahora derrotado el reino de Granada- en Andalucia, islas Canarias y el Magreb.
Se debe destacar que los Reyes Católicos, esos a quien la historia oficial ha caracterizado con atributos caballerescos más propios del legendario rey Arturo de Britania -y que muchos historiadores aun creen y perpetúan-, buscaban acabar con el último territorio musulmán libre de Andalucia, entre otros objetivos,  por puro miedo. Miedo a que los andaluces recibiesen el auxilio de la Ummah, y todo el esfuerzo de la conquista cafre de al-Andalus fracasase. Sus temores no eran infundados; rendida Constantinopla en 1453, el poder turco otomano avanzaba hacia el centro de Europa por los Balcanes y hacia el oeste por el Mediterráneo y el norte de Africa, sin una oposición eficaz que frenase sus conquistas. Granada suponía para el poder español un enclave que los turcos podrían usar y usarían, llegado el momento, en su avance por el poniente mediterráneo. Esta idea aterrorizaba a las cortes españolas y a la Iglesia. Pero por suerte o desgracia, tal cosa no llegó nunca a suceder.
En el reino de Granada los Reyes Católicos aplicarán sus métodos de colonización, heredados de sus ancestros, y delegarán como terratenientes y señores a sus jerarcas militares y religiosos implicados directa o indirectamente en la campaña granadina. Como ha ocurrido en el resto del territorio andalusí a lo largo de la conquista, la ocupación militar y la cristianización van de la mano. No tardarán los déspotas católicos en romper su palabra dada en las capitulaciones en cuanto a los términos de rendición, por los que la población no debía ser molestada en sus costumbres, habla o religión. Las semillas de odio y violencia que España ha sembrado en el desaparecido reino nazarí germinarán pronto, y sus frutos serán la justa insumisión por parte de sus habitantes. La paciencia de aquellos andaluces no era infinita, y en 1568 la situación ya es insostenible. La población toma las armas, con Muhammad ibn Umayya (Abén Humeya) como líder, en la que se conoce popularmente como "guerra de las Alpujarras" -por ser esta comarca el núcleo inicial de la rebelión-, siendo rey de España en aquel momento Felipe II, e inquisidor general Diego de Espinosa. Sólo podemos hacernos una idea del rencor que los andaluces guardan hacia sus opresores, y del desmesurado grado de abuso al que llegaron éstos. Tras los éxitos iniciales del levantamiento, las posibilidades de victoria empiezan a desvanecerse como un espejismo en 1570, muertos Ibn Umayya y su primo y sucesor Ibn Abbu (Abén Aboo). Cada derrota de los rebeldes andaluces ante las tropas españolas aleja la esperanza de libertad. Estos hombres -y mujeres- son los últimos muyahidin de al-Andalus, y cada muerto en combate, asesinado o huido, es una pérdida que no se puede reemplazar. En 1571 la guerra concluye. Los supervivientes que todavía se niegan a deponer las armas se refugian en las montañas o en los mares, para convertirse en monfíes o piratas. Para el resto de la población, solo hay sometimiento. De ello se van a encargar otra vez las malditas tropas de ocupación y la Inquisición. A los andaluces ya sólo les queda bautizarse y olvidar el din del Islam; aprender el castellano y olvidar el árabe andalusí; humillarse ante su nuevo poder o ser desterrado o ejecutado; para ellos no hay más opciones.
Todavía se sucederán algunas revueltas por el territorio andaluz, hasta bien entrado el siglo XVII, pero es a partir del siglo XVIII que el pueblo andaluz  inicia un declive hacia el olvido de su propia historia e identidad. Desde Madrid la política de asimilación dará excelentes resultados, ejemplo de ello es su mito del "miedo al moro", pues al no existir diferencias significativas entre habitantes del norte de la península y del sur, el conquistador trama las mentiras de una supuesta invasión árabe/bereber sobre la que justifica su intervención violenta en Andalucia -el término "morisco" sólo hace referencia a los musulmanes andaluces, no a los judíos sefardíes ni a los "cristianos nuevos"- y su ocupación.
Por supuesto que las instituciones que dicen representarnos -en este caso, el Ayuntamiento de Granada- perpetúan y toleran este tipo de actos. Estos organismos son el entorno habitual de renegados y vendepatrias, que harán lo que sea por complacer a sus amos de Madrid, sin escatimar esfuerzos en reprender a los andaluces cuando éstos exijan dignidad como pueblo. No se debe caer en el error de creer que las instituciones, sean del ámbito que sean, van a dejar de glorificar a los conquistadores de Andalucia, pues no existe un poder andaluz como tal, sólo existe un poder bastardo que sirve a la metrópoli colonial.
No podemos, ni queremos, cambiar ni ocultar aquella derrota, que ya forma parte de nuestra memoria -corromper la historia se le da mejor a nuestros enemigos-, pero lo que si vamos a cambiar, porque podemos, y queremos, son las formas en la que la desgracia que ha vivido nuestro pueblo se recuerda.
Ahora desde Granada, y desde el resto de Andalucia, nuestra nación despierta y todo recuerdo de su sometimiento empieza a agonizar. Como andaluces, en nuestras manos está hacer de aquellas derrotas, victorias de hoy.


No hay comentarios:

Publicar un comentario